REVOLUCIÓN DE LOS ENCOMENDEROS
Dentro de la necesidad de la Corona de imponer orden y establecer las bases de un nuevo virreinato, junto a las constantes prédicas de Bartolomé de las Casas en contra de los abusos de los encomenderos, se establecieron un conjunto de leyes llamadas las Leyes Nuevas en noviembre de 1542. Con ellas se establecía el virreinato del Perú, se creaba la figura del virrey para el Perú y se regulaba que las encomiendas sólo podían ser designadas por el rey y debían regresar a la Corona una vez muerto el encomendero. Para llevar a cabo la aplicación de las leyes, se nombró como primer virrey del Perú a Blasco Núñez Vela, quien salió de España en 1543.
Mientras Gonzalo Pizarro disponía de medidas para asegurar su gobernación, el destituido virrey lograba desembarcar en Paita y organizar un respetable ejército para recuperar su gobierno. Ambas tropas se enfrentaron en Añaquito el 18 de enero de 1546 resultando vencedor el menor de los Pizarro, mientras que la suerte del primer virrey que tuvo el Perú fue por demás dramática: fue degollado por el esclavo de Benito Suárez de Carbajal, hermano del factor asesinado por Núñez Vela
Así, mandó acuñar nuevas monedas, juntó la mayor cantidad de metal extraído de las minas de Potosí, estableció definitivamente una nueva Audiencia en Lima el 29 de abril de 1549, estableció el sistema de corregimientos para administrar justicia en las ciudades españolas, y se establecieron los límites del virreinato del Perú, el cual comprendería las gobernaciones de Nueva Castilla, Nueva Toledo, Quito, Río de San Juan, Popayán y del Río de la Plata. También veló por el bienestar de los indios encomendados, prohibiendo maltratos y explotaciones tanto en las minas como en el trabajo cotidiano, además de realizar la primera visita y tasa general de las encomiendas, con la finalidad de regular el pago del tributo de los indígenas a los encomenderos y de esta manera reducir su poder.
En 1542, Carlos I firmó la real cédula que creaba el Virreinato del Perú. En virtud de la creación del virreinato, el rey nombra primer virrey a Blasco Núñez de Vela para suceder en la gobernación de Perú a Vaca de Castro. Este llegó al Perú con la disposición de hacer cumplir las recientemente promulgadas Leyes Nuevas, que suprimían las encomiendas hereditarias, pero los encomenderos se rebelaron, enfrentándose al ejército del virrey. Para tal efecto, nombran a Gonzalo Pizarro, a la sazón rico encomendero de Charcas (actual Sucre, en Bolivia), su caudillo y jefe del ejército.
En Lima, el virrey es tomado preso y enviado de vuelta a España, nombrando los rebeldes a Pizarro como gobernador del Perú. Sin embargo, el virrey logra escapar en Túmbes, dirigiéndose desde ahí aQuito, donde forma un nuevo ejército y parte hacia el sur. En el camino se encuentra con las fuerzas de Pizarro, enfrentándose ambos ejércitos en la Batalla de Iñaquito el 18 de enero de 1546. El virrey es capturado y ejecutado en el mismo campo de batalla.
Mientras, en el sur del Virreinato del Perú, Diego Centeno, leal al virrey Blasco Núñez de Vela y a la corona española, al enterarse de la muerte de éste, levanta armas contra Gonzalo Pizarro, y trata de restablecer la autoridad real. Ambos ejércitos se encuentran frente a frente en las Huarinas, cerca del lago Titicaca y se enfrentan en la batalla de las Huarinas, el 20 de octubre de 1547, en la cual es derrotado Diego Centeno. Gonzalo Pizarro se convierte así en líder absoluto del Virreinato del Perú.
Al estallar la rebelión, Pizarro había nombrado a Pedro de Hinojosa, capitán de su guardia. En 1545, le ascenció a almirante de su flota. Con once navíos apareció ante Panamá y tras hábiles negociaciones, tomó posesión de la ciudad, ocupando también, en 1546, Nombre de Dios, al otro lado del istmo. De esta forma, Gonzalo Pizarro dominaba también la ruta al océano Pacífico.
Enterados de la rebelión en España, el rey nombra al sacerdote Pedro de la Gasca presidente de la Real Audiencia de Lima y Pacificador del Perú, con poderes extraordinarios. La Gasca porta también el decreto real del 20 de octubre de 1545, por el que se suprime el capítulo 30 de las Leyes Nuevas, donde se prohibía la encomienda hereditaria, con el fin de convencer a los encomenderos de que cesen la revuelta. Cuando La Gasca llega a Panamá en agosto de 1546, se entera de la muerte del virrey y logra convencer a Hinojosa con la promesa de recompensas, de forma que éste se pasa al bando real. Juntos parten hacia el Perú, con un ejército de leales a la corona que van formando por el camino.
El ejército de Pedro de la Gasca desembarca en el Perú y rápidamente se dirige hacia el Cusco. Ambos ejércitos se enfrentan en la batalla de Jaquijahuana o batalla de Anta, cerca del Cusco, el 9 de abril de 1548 (en el mismo campo de batalla donde las fuerzas de Atahualpa habían derrotado a Huáscar Inca Yupanqui en 1532; donde Francisco Pizarro había derrotado al general inca Quízquiz en1533 y donde Hernando Pizarro había derrotado a Almagro en 1538). La Gasca derrota a las fuerzas de Gonzalo Pizarro, a lo que ayudó sin duda "...la traición de sus hombres, quienes se pasaron al lado de las tropas de los leales al rey...", viendo probablemente innecesaria la lucha, toda vez que las encomiendas habían sido restauradas. Pizarro fue capturado y ejecutado sumariamente como rebelde y traidor a la corona española.
Tras su victoria, Pedro de la Gasca elimina las gobernaciones de Nueva Castilla y Nueva Toledo. También redistribuye las encomiendas existentes en el Perú. Aparentemente, La Gasca no pudo satisfacer del todo a sus leales, lo que generó nuevos descontentos, esta vez entre los leales a la corona. Dejando este gérmen de descontento, La Gasca retornó a España (1550
REVOLUCIÓN DE LAS ALCABALAS
Fue una de las primeras manifestaciones políticas del pueblo quiteño en contra de las autoridades españolas.
Se desarrolló entre julio de 1592 y abril de 1593, en época en que don Manuel Barros de San Millán desempeñaba el cargo de Presidente de la Real Audiencia de Quito; y tuvo su origen cuando Felipe II, Rey de España, expidió la Cédula Real por medio de la cual dispuso el pago de un nuevo impuesto del 2% sobre las ventas y permutas.
Este impuesto había sido creado con el propósito de equipar una armada que vigilara los mares de las indias y protegiera el comercio las ciudades y puertos españoles de América, que constantemente sufrían el ataque de corsarios y piratas que las saqueaban y quemaban para apoderarse de sus riquezas.
La cédula -expedida en noviembre de 1591- fue recibida en Quito el 22 de julio del año siguiente y en ella se establecía que el nuevo impuesto debía empezar a cobrarse desde el 15 de agosto de 1592. La Audiencia le concedió al Ayuntamiento de Quito quince días de plazo para que resolviera la aceptación del impuesto, pero apenas transcurridos dos días esta corporación decidió no aceptar dicha imposición y elevar al Monarca una petición que la exonerara de dicho tributo.
Como el gobierno de la Audiencia no les prestó atención, los miembros del Ayuntamiento acudieron ante el Procurador -don Alonso Moreno y Bellido- para que sea él quien dirija las acciones que debían adoptarse para impedir la aplicación de dicho impuesto. A partir de entonces se realizaron varias reuniones secretas en las que por primera vez se oyó hablar de ”insurgencia”, concepto que en esa época era castigado con la horca.
Al conocer de estas reuniones, el presidente Barros de San Millán escribió al Virrey del Perú -don García Hurtado de Mendoza- señalando los peligros que se avecinaban y pidiéndole auxilios militares, a lo que éste respondió enviando una fuerte dotación de arcabuceros al mando del capitán don Pedro de Arana.
La noticia de la llegada de refuerzos militares puso en alerta a los quiteños, y las organizaciones populares y el cabildo prepararon una fuerza de aproximadamente mil hombres para enfrentar a los realistas, al tiempo que todo el pueblo se preparó también para una guerra defensiva.
Por su parte, fray Pedro Bedón -sacerdote dominico quiteño a quien el pueblo admiraba y respetaba por su talento- realizó importantes declaraciones defendiendo la obligación de que se escuche a los representantes del pueblo.
Al poco tiempo las autoridades españolas aceptaron la mediación del padre Bedón y ofrecieron escuchar a los quiteños, por lo que el pueblo depuso su actitud armada y permitió la llegada de las fuerzas de Arana sin oponer la menor resistencia.
Sucedió entonces un hecho verdaderamente vergonzoso, cuando las autoridades españolas, faltando a su palabra, desataron una feroz persecución en contra de los caudillos y líderes quiteños. Esta actitud traicionera hizo que el pueblo vuelva a levantarse en armas, pero lamentablemente ya era demasiado tarde, pues los españoles se habían hecho fuertes en la ciudad ocupando los sitios más estratégicos de la misma, e impidiendo que los quiteños puedan actuar.
Inmediatamente las autoridades realistas organizaron un tribunal especial y ordenaron la prisión de los dirigentes y partidarios de la revolución, a los que juzgaron muy ligeramente y condenaron a muerte.
El 28 de diciembre de 1592, en la noche, en medio del silencio habitual de la ciudad se escucharon varios disparos de arcabuz, y cuando el pueblo acudió para ver qué había sucedido, se descubrió el cuerpo del procurador Moreno Bellido, que herido de muerte señaló que le habían disparado desde la casa de la Audiencia.
Ese fue el inicio de la represión. A los patriotas se los ahorcaba por la noche para que a la mañana siguiente sus cadáveres pudieran ser contemplados por los vecinos de la ciudad como un escarmiento en contra del pueblo y la revolución. Los revolucionarios, por su parte, cometieron también varios atropellos y crímenes en contra de los realistas.
Al conocer el Rey de España y el Real Consejo de Indias lo que estaba sucediendo en Quito, desaprobaron airadamente dichos crímenes, pero desgraciadamente las noticias tardaban mucho tiempo en llegar y fueron muy pocos los que pudieron escapar de la persecución.
“La revolución de las Alcabalas, como toda revolución, principió alegando motivos justos; pero después los autores de ella se lanzaron a cometer crímenes, de los cuales no es lícito excusarlos. Los caudillos de los motines y levantamientos de la plebe, no veían ellos mismos el abismo en que precipitaban a la sociedad...
Por otra parte, la autoridad, ejercida por hombres mezquinos y a la vez apasionados, no tuvo, como debiera tener, por única norma de sus actos, la justicia, sino el interés y la venganza. Quito conoció entonces, con dolorosa experiencia, cuales eran los resultados prácticos de esas revoluciones y levantamientos, en que, con pretexto del bien común
REVOLUCIÓN DE ESTANCOS
La Revolución de los Estancos fue un motín anti-fiscal del año 1765 acontecido en la ciudad de Quito cuando era colonia española. La población quiteña reclamaba contra una subida de los impuestos a los licores (estancos) por parte de las autoridades coloniales, lo que transversalmente se convirtió en un conflicto entre los criollos de colonia (denominados "chapetones" en la contienda) y la población mestiza de la ciudad.
Debido a los conflictos comenzaron a oírse rumores de que la subida del alcohol era para matar a los meztizos y clase pobre que la consumía. Esto desencadenó una serie de revueltas que provocaron el incendio de los almacenes del estanco y la casa de aduana.
La paz se restableció cuando la Audiencia ordenó el destierro de los hombres españoles solteros, y el Virrey de Bogotá ratificó la supresión del estanco y la aduana.
En los primeros días de mayo de 1765, se produjo una verdadera conmoción en la capital de la Real Audiencia por cuanto se trató de aplicar la Cédula Real que ordenaba el estanco del aguardiente y la prohibición absoluta de la destilación particular.
Ante esta situación y como una reacción lógica del pueblo quiteño ante los nuevos impuestos a los víveres, los abusos cometidos por los recaudadores de impuestos, y el profundo odio que los sentían contra los Chapetones, se produjo un levantamiento popular que se inició a las primeras horas de la mañana del 22 de mayo de 1765, cuando -en las esquinas, calles principales y plazas- aparecieron pegados grandes cartelones que anunciaban para las siete de la noche una airada manifestación en contra de las autoridades españolas, para reclamar por el monopolio estatal que se intentaba implementar a la producción de aguardiente, y a la aduana con la que se pretendía cobrar los nuevos impuestos con que habían sido gravados los víveres.
El tañido de las campanas de San Roque y de San Sebastián pereció ser la señal que llamó a la reacción. Pues en ese momento, los habitantes de esos dos importantes sectores de la ciudad confluyeron en la plaza de Santo Domingo, y desde allí, al grito de ¡Viva el Rey! ¡Mueran los chapetones! ¡Abajo el mal gobierno!, la marejada humana llegó hasta la casa de estancos -situada en Santa Bárbara- y luego de destruirla totalmente regó el aguardiente e incendió el edificio.
Para aplacar la furia popular acudieron los jesuitas -entre ellos Juan Bautista Aguirre- quienes con gran elocuencia se hicieron oír por el pueblo quiteño prometiendo que el estanco y la aduana serían abolidos, y que las autoridades perdonarían el amotinamiento.
Pero el pueblo, saboreando el triunfo obtenido, buscó pretextos para continuar con los desmanes, y en la noche del 24 asaltó el Palacio de la Real Audiencia de Quito. Enardecido, sin mostrar temor ante las armas de fuego, atacó el edificio con decisión inalterable, y luego de vencer a más de doscientos soldados que lo defendían, se apoderó de él.
La ciudad volvió a la calma luego de que el 28 de junio capitularan las autoridades y fueran expulsados todos los españoles solteros. Don Manuel Rubio, Decano de Oidores encargado de la Presidencia de Quito, también fue obligado a abandonar la ciudad.
El 17 de septiembre de ese mismo año, una comunicación oficial dirigida por el Virrey de Santa Fe declaró el indulto general de todos los comprometidos en la revuelta. Pocos días después y enviado por los virreyes del Perú y Nueva Granada, en calidad de pacificador llegó a Quito el Gobernador de Guayaquil don Antonio Zelaya, quien cumplió a satisfacción su cometido.
El de los Estancos fue un alzamiento de los mestizos quiteños, tal lo sostiene Gonzáles Suárez cuando dice “la sublevación de los barrios de Quito fue obra de la ínfima plebe”.